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jueves, 13 de septiembre de 2012

Estudio I Plática Sobre la Formula de la Confesión

I Plática Sobre la Formula de la Confesión
Fray Refugio Morales Córdova.

Secundum multitudinem dolorum meorum in corde meo consolationes tae laetificaverunt animam meam. Según la multitud de los dolores míos en mi corazón tus consuelos alegraron mi alma. (Sal. 93,19)


Estudio por Hermanas María del Carmen García Fernández.(hfic)


1. Después que el pecado nos ha robado la paz y la tranquilidad de la conciencia; después que el orgullo, el amor propio y las pasiones han lacerado nuestro corazón; después que se nos han escapado de las manos los gustos sensibles; luego nos salen al encuentro el despecho, la rabia y la desesperación o al menos el desconsuelo, la tristeza y desaliento. Y si una mano omnipotente no nos abriera las puertas de la esperanza y del perdón en los momentos de naufragio, seguramente nos arrojaríamos en la perdición como Judas. Pero Dios nuestro Señor, se compadeció de nuestra miseria, nos ha provisto de medios fáciles y eficaces que nos restituyen la paz y la tranquilidad. (1) de manera que podemos repetir las palabras del Profeta Rey: “Según la multitud de los dolores y angustias del corazón, así han sido tus consuelos que alegran mi alma; la medida de mis maldades, pecados, negligencias y tibieza ha sido la medida de tus misericordias, bondades y piedad”, (2)
 1. En los que reciben el sacramento de la penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, “tienen como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia a las que acompaña un profundo consuelo espiritual” (Cc. De Trento: DS 1674).En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera “resurrección espiritual”, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Lc. 15,32), Cat. 1468 b.
 2. La conducta de la Magdalena prueba de una manera palmaria esta verdad, cuando despreciando todos los respetos humanos, atraviesa la sala del convite; se arroja a los pies del Salvador; y los baña con bálsamo y con sus lágrimas (3), como para dar un público testimonio de la abundancia de consuelos de que le llenaba el Divino Maestro.
 2. Cf Sal 93,19.
 3. Nosotros fuimos depositarios de los mismos sentimientos de la discípula de Jesucristo, si no en el mismo grado, al menos en otro más remiso. Mas el hábito, la costumbre y la falta de atención llegan a envilecer aún las más estupendas maravillas de la naturaleza y de la gracia como aconteció a las turbas que, después que presenciaron la multiplicación de los panes (4), proclamaron al Redentor del mundo como Rey (5) y no lo hicieron antes a pesar de estar palpando la maravillosa creación y reproducción de todos los seres: ésta, por su larga duración, había llegado a envilecerse; y la multiplicación de los panes los sorprendió como una cosa nueva.
 3. Cf Mc 14, 3-9; Mt 26,6-13; Jn 12, 1-13.
4. Lo mismo nos pasa a nosotros en nuestros ejercicios y prácticas diarias. No podemos negar que hay momentos en que uno se encuentra fuera de sí mismo, como le sucede al sacerdote cuando por primera vez ofrece delante de los ángeles y de los hombres un voto, una promesa que le une y le hace todo de Jesucristo, pero prescindiendo de los actos sensibles que entonces nos afectan, debemos conservar y aún aumentar el fervor y devoción substancial.
 4. Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Lc. 9,10-17; Jn 6, 1-13
5. Aún no está descubierto el plan de la presente exhortación. No se trata de transformar a un pecador y delincuente en justo; ni de encender en el fervor a un corazón tibio; nuestro objeto es que unamos los pensamientos y afectos con las palabras que componen la fórmula, que sirve de introducción a la confesión sacramental (6).
 5. Jn 6,14-15.
 6. Yo, pecador ¡qué manantial de reflexiones! Yo, que he recibido el alma y el cuerpo, los sentidos y potencias para conocer, amar y servir a mi Creador y que he convertido estos mismos sentidos y potencias en instrumento para herir, ultrajar y vulnerar el corazón de mi Dios.
6. Consciente N.P. Fundador que la constricción es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar, nos invita a poner toda la atención en la fórmula de contrición, acompañándola con la mente y el corazón. Cf Cat. 1471. Hoy la Iglesia también nos pide seria preparación para celebrar este sacramento: “Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Los textos más adaptados a este respecto se encuentran en el Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (cf. Rm 12-15; 1 Cor. 12-13; Ga 5; Ef 4-6) Cat. 1454.
7. Yo, pecador, que he recibido no esculpidos en tablas, sino impresos en mi corazón (7) los diez mandamientos, y que he quebrantado uno por uno, con palabras, obras y pensamientos.
 7. Cf Ez 36,27.
8. Yo, que he sido rescatado de la esclavitud del demonio (8) y que he profanado el mismo precio de mi redención con mis comuniones y confesiones sin dolor ni propósito y tal vez aún callando pecados.
 8. Cf Rm 6,17-18; 8,21-22.
 9. Yo, que en lugar de llegar al santo tribunal lleno de confusión y vergüenza estoy sólo pendiente de quién se detiene más o menos, y después convierto un acto tan serio en tribunal de litigio y en estrado de conversación.
 9. Cf Rm 7, 15-20.
10. Yo, pecador, que siempre vuelvo con mis propios pecados (9), que nunca hago lo que me mandan, y que constantemente estoy exigiendo una larga exhortación, porque no quiero decir u oír misa con fervor, porque no quiero rezar con devoción, porque no quiero meditar con atención.
10. Imbuido de la espiritualidad de San Francisco, admirado de la Omnipotencia de Dios, le descubre en Cristo. El Dios trascendente se hace cercano en la Encarnación.
11. Yo, pecador, víctima perpetua del orgullo, de la vanidad, del amor propio y de otras mil pasiones viles, que siempre me tienen pegado a la tierra, sin que pueda emprender el vuelo hacia el cielo.
 11. Cf 2Mac 7,28.
12. Yo, pecador, y no el superior cuyos mandatos cumplo con repugnancia y con fastidio. Yo, pecador, y no los compañeros con quienes estoy mal parado y a quienes interior y exteriormente veo y trato con desprecio.
 12. Cf Sal 97,4.
13. Yo, pecador, que cierro mis oídos a las inspiraciones divinas y que ando siempre con el corazón y los sentidos derramados. Yo, pecador, que por una soberbia oculta llevo veinte y más años enredado en mil escrúpulos y preocupaciones que convierten en sal y agua los más heroicos sacrificios.
 13. Cf Sal 65, 7-8.
14. Yo, pobre pecador, que esmalto mis palabras y acciones con el estiércol sucio del falso celo y de una perversa intención.
 14. Una lectura al Cántico de las Criaturas de San Francisco, obliga a subrayar los títulos de “mi Señor, Altísimo, Omnipotente” que manifiestan a Dios en Cristo.
15. Yo, pecador, que habiendo ofrecido llevar una vida de penitencia y santidad, me contento de un modo solapado con las máximas del mundo.
 15. Cf 1S  2,6.
16. Yo, pecador, me confieso, ¿a quién? No a un superior a quien puedo engañar, no a un hombre que no conoce los secretos de mi conciencia, no a un amigo que me adula, no a mis partidarios que obran y piensan como yo: me confieso a mi Dios omnipotente(10) que me saco de la nada(11); que estremece la tierra y humilla los montes y collados(12); que sujeta los mares; manda los vientos y gobierna las tempestades; me confieso a Dios omnipotente(14) en cuyas manos están la vida y la muerte(15), las laves de la gloria y los cerrojos del infierno; me confieso a mi Dios omnipotente que castigó las ciudades nefandas; reduciéndolas a cenizas(16), que inundó la tierra con las aguas del diluvio(17); que abrió la tierra para que se tragase a los desobedientes en el tiempo de Moisés y que quitó la vida repentinamente a Osa, sacerdote, y por un pecador leve.
 16. Cf Gn. 19.
17. Me confieso a un Dios omnipotente, que me ha sufrido y tolerado, y que en lugar de castigos hoy llena mi alma de consuelos. Me confieso a un Dios infinitamente sabio, que conoce mis pecados, con todas y cada una de sus circunstancias y malicia, porque todo lo vio, todo lo oyó, y pequé en su misma presencia sin temor a sus amenazas y sin amor a sus finezas. Me confieso a un Dios infinitamente santo que encontró manchas aún en los ángeles, a un Dios que tiene decretado no admitir a nadie en el cielo si no es imagen perfecta de Jesucristo.
 17. Gn 7, 24; Gn 6, 13-17.
18. ¿He reflexionado en alguna de estas verdades, al recitar la confesión general? Tal vez no, y por esto me llego sin respeto; me quedo como estatua de mármol sin contestar y lo que es aún peor, me atrevo a combatir lo que se me previene.
 18. Cf Jb. 13,23.
19. Pidámosle al Señor con el santo Job, nos dé a conocer nuestros delitos y maldades… (18) Scelera mea et deleicta ostende mihi.
 19. Cf Gn. 3,15.
20. Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada Virgen María.
 20. Cf Jb. 13,23. El subrayar este pensamiento, pone de relieve su gran humildad, reconociéndose pecador delante de un Dios omnipotente y misericordioso.
21. ¡Qué vergüenza! Presentarme encadenado de pies y manos delante de la Inmaculada María, que detiene con su pie la serpiente del paraíso (19) con quien yo entro en amistad y perfecta alianza ¡Qué rubor! Ponerme delante de la criatura más santa con unos ojos sin modestia, con una lengua sin freno, con un paladar sin templanza, con unos oídos sin puertas, con unos pies perezosos para correr por los caminos de la justicia y santidad. ¡Qué confusión! Llevar a los pies de la Virgen pura una voluntad siempre inconstante, un entendimiento siempre orgulloso, una fantasía llena de objetos peligrosos y ociosos y un corazón árido, seco, sin jugo de devoción. ¡Qué contraste! Llevar a los pies de la divina Madre los mismos sentimientos del pecado, los instrumentos con que he coronado de espinas; con los que he azotado; con los que he burlado; con que he llegado al Hijo predilecto de sus entrañas. Yo, pecador, me confieso a la Virgen María cuya devoción he abandonado; cuyos maternales avisos he despreciado; de cuya amorosa solicitud he abusado. Yo, pecador, me confieso a la Virgen Madre, a quien una y más veces he obligado a presenciar de nuevo la dolorosa escena del Calvario; mis pasiones, mis gustos, mis caprichos han superado a su dolor, a su amargura, a su justo llanto. Yo, pecador, me confieso a la Virgen María, contra quien expresa o tácitamente he cometido el horroroso pecado de decir; “no te volveré a pedir nada, porque no me alcanza lo que deseo”. Pidámosle al Señor con el santo Job nos dé a conocer nuestros delitos y maldades…”Scelera meat et delicta ostende mihi (20).
 21. San Francisco también le dedica en sus escritos un pensamiento al príncipe de los Arcángeles: “…a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael les suplicamos humildemente te den gracias a Ti, Sumo Dios verdadero…” Cf 1R 23: 108. Guardaba también el ayuno y cuaresma de San Miguel, no es extraño pues, que N.P. Refugito como digno hijo de él, invocase su protección como más adelante se verá.
22. Yo, pecador, me confieso al bienaventurado Miguel Arcángel, al Jefe de los ejércitos celestiales, al primero que enarboló el estandarte de obediencia en honor del Altísimo, al que tuvo la gloria de arrojar de las mansiones eternales y perseguir hasta los confines del cielo a los ángeles apóstatas, al que está encargado de presentar nuestras almas al tribunal del Omnipotente.
 22. Cf Gn 41, 37,49.
23. Y ¿cómo me presento delante del Príncipe Celestial, cuando he sido vencido y pisoteado de mis enemigos? Y ¿cómo me llego a los pies de Miguel cuando con mis propias manos he levantado el estandarte de rebelión contra el mismo Dios, cuando me avergüenzo de doblar la rodilla al atravesar las calles del Rey inmortal de todos los siglos? Y ¿cómo me acerco al Ángel primero, quien no se engrió al verse más bello y más hermoso que el lucero de la mañana? Y ¿cómo me presento al Ministro Altísimo, que ha de coronar y publicar mis triunfos, o que con espada de fuego me ha de impedir la entrada en el Paraíso?
 23. Cf Jn 6,34.
24. Yo, pecador, me confieso al castísimo patriarca señor San José, al esposo de la Inmaculada María, al hombre destinado para guardar, no el trigo en los almacenes del Faraón (22), sino el pan vivo que da la vida al mundo (23), y que llena de delicias, de dulzuras y consuelos a los que han sufrido el hambre y carestía que producen las pasiones.
 24. Cf Mt. 2, 13-15.
25. Yo, pecador, me llego a los pies de José, cuya conducta no he imitado cuyos ejemplos no he seguido, de cuyo patrocinio no me he aprovechado. José obedece sin réplicas ni excusas cuando se le previene que se oculte en Egipto con el Niño (24), mientras que yo me informo ¿quién? Y ¿por qué me mandan? José recibe con igual presencia de ánimo las penas y los gozos, mientras que yo me hundo en la desconfianza, desaliento y desesperación; cuando del cielo no llueve sobre mí ni el rocío de la devoción y ternura sensibles.
 25. Cf Mt 26, 69-75; Lc. 22, 55-62; Jn 18, 25-27.
26. Yo, pecador, me confieso al poderoso José, cuya misericordiosa protección no he implorado, para dilatar el cristianismo, para alcanzar los progresos del Instituto, para conseguir la conversión de tantos pecadores que muriendo van a poblar el infierno, y para tener un defensor, un abogado en los momentos supremos de muerte.
 26. Cf Hch. 9, 1-19.
 27. Yo, pecador, me confieso a San Pedro y San Pablo; a Pedro, a quien he seguido en las negaciones y perjurios y no he imitado en la penitencia, a San Pablo, quien herido una vez por la mano de Dios, no retrocedió jamás a los caminos de la iniquidad (26), mientras que yo imito la dureza del Faraón; no me doblego ni con las plagas y castigos, ni con las estupendas maravillas de la gracia.
 27. Cf Ex 14.
28. Yo, pecador, me confieso a todos los santos, es decir, a los Patriarcas que suspiraron por el Mesías (28) que yo veo con tanto olvido en el Tabernáculo, a los Profetas que en la persona de Israel lloraron mis perfidias, mis maldades y pecados; a los Apóstoles que no retrocedieron a la vista de las cruces, de las sierras y del cuchillo.
 28. Cf Mi 4, 14; 5, 1-5.
29. Yo, pecador, me confieso a los Mártires y Confesores, a las Vírgenes cuya constancia no he seguido, cuya penitencia no he practicado, cuya pureza no he obtenido.
 29. Cf Jn 13,86.
30. Yo, pecador, me confieso a Luis Gonzaga, a Rosa de Lima, a Catalina de Siena y a Margarita de Cortona y a los santos cuyos nombres llevo.
 30. Cf Sal 142,2.
31. Si sigues, alma mía, en tus mismos pecados en tus mismas tibiezas, despídete para siempre de la Patria celestial, de todos sus moradores, non habebis partem mecum. Si no te enmiendas, si no mudas de conducta, no tendrás parte con nosotros (29); me dicen a una voz, todos y cada uno de los Santos, delante de quienes sólo me confieso de labios.
31. Sal 142,2; Jr. 9,9; Sal 76,5.
32. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, a quien veo como un puro hombre en el tribunal de la penitencia siendo así que tienes el lugar de Dios y tu potestad se extiende sobre los reyes e imperios, sobre los cetros y coronas y llega hasta los confines de la eternidad; en efecto, si me tratas, Padre mío, con el rigor que merezco, mi alma queda hundida en la mayor consternación(36) y me quedo con mis pecados atado de pies y manos; el sueño huye de mis ojos(31), los perros, las moscas y aún mi misma sombra me espanta; recurro a la Virgen Inmaculada, me postro a los pies de los apóstoles, de los mártires, me acerco a los confesores y a las vírgenes; funes peccatorum circumplexi sunt me; pero nadie perdona mi pecado(32).
 32. Sal 118,61.
33. “Ofreceré mi maternal amor (33), dice la Santísima Virgen; “presentaré las cicatrices de mi martirio”, dicen los confesores de la fe; “disponed de nuestras penitencias”, contestan los anacoretas y las vírgenes; pero id al que tiene la autoridad de Dios (34) para que pueda decir con verdad: “según la multitud de los dolores y angustias que oprimen mi corazón, así han sido los consuelos que has derramado en mí.”(35)
33. Cf Nican Mopohua relato de la aparición. Diálogo de la Santísima Virgen de Guadalupe con San Juan Diego.
34. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, a quien tantas veces he desobedecido, a quien multitud de veces he replicado; a ti, Padre mío, de cuya caridad he abusado, cuya paciencia he exasperado, cuyos consejos he despreciado; a ti, Padre mío, de quien tantas veces he murmurado, a quien tantas veces he fallado, cuyos secretos una y más veces he revelado.
34. San Francisco también recomendaba esta adhesión al sacerdote, decía; “El Señor me envió y me sigue dando una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la Santa Iglesia romana, por su ordenación, que si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos”. Test 6-7; 122.
35. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, contra quien elevo altas quejas, porque confiesas a los licenciados, a los artesanos, a las viudas y a los pobres hilachentos haciendo tan poco caso de mí, después que llevo que te sufro, que te tolero.
 35. Cf Sal 93,19.
 
36. Yo, pecador, me confieso a ti, Padre mío, y con cuanta propiedad puedo repetir la confesión del hijo pródigo del Evangelio; “Padre mío, he pecado delante del cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”(36), he disipado los bienes de la naturaleza y los dones de la gracia, he botado a la calle: mandamientos, reglas y constituciones, sin hacer caso de las exhortaciones y súplicas de ti, Padre mío, he marchado a las regiones extrañas de la tibieza y del pecado con la circunstancia de que el hijo pródigo, una vez pecó, una vez entró dentro de sí mismo y no nos refiere el sagrado texto que de nuevo se hubiera separado de la casa paterna.
36. Lc. 15, 11-24. “El proceso de la conversión y la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada ‘del hijo pródigo’ cuyo centro es el ‘Padre misericordioso’: la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión de los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre; todos estos rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Solo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. Cat. 1439.
37. ¿Cuántas son las confesiones? Confieso que pequé por mi culpa y no por culpa del superior, que es joven y no tiene tino ni experiencia para mandar con acierto; porque me entregué a los excesos de ira y cólera, y no por culpa de Fr. Alberto que se extralimitó en las maneras de aconsejarme; porque me dejé dominar de la envidia; porque no puedo ver ojos hermosos en cara ajena; porque se me alteran los nervios, derramo copiosas lágrimas por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa, porque he burlado el cuidado de mis padres, maestros y superiores.
 37. Cf Sal 142, 3-4.
38. Pequé por mi culpa, por mi grande culpa, es decir, con todo conocimiento, con entera voluntad y con referida malicia y despreciando los remordimientos de conciencia y metiéndome de propósito en las ocasiones en que vacilaría la virtud más antigua y la santidad más heroica.
38. Para San Francisco no tenía sentido el culto del silencio como valor en sí. Era observado desde el principio como requisito del espíritu de oración. Recomendaba en el Cap. II de la RNB “hagan por guardar el silencio en la medida en que Dios les conceda esta gracia”. Pero había de tener en cuenta la intimidad fraterna para que no obstaculizara la espontaneidad y la alegría de la convivencia. Cf 1C 41: 167; 2C 19: 241; EP 95: 768; Rer. 4, 9: 117.
39. Pequé por mi culpa, por mi grandísima culpa, es decir: he practicado la maldad con perfidia, con obstinación; no tengo paz ni tranquilidad (37), pero si quiero satisfacer todos mis gustos. Se desconcierta el espíritu, se evapora la devoción; pero yo quiero hablar todo el día. Sé que se pierde la concordia entre mis hermanas, mas yo guardo silencio cuando debía hablar, y hablo cuando estaba en mi deber callar (38).
39. Lc. 2,17. Digno hijo de San Francisco, se maravillaba en ese Dios trascendente que se anonada en la Encarnación. Por lo mismo dedicará toda una plática a este misterio donde reina la pobreza y la sencillez.
40. Pequé y por lo tanto, ruego a la Inmaculada María que me alcance el perdón de mis pecados, negligencias y maldades pasadas, y que el año 67 no sea tan estéril de buenas obras como los anteriores años.
40. Cf CtaO 38-40: 67. También San Francisco pidió perdón a sus hermanos porque con humildad reconocía que no había observado la Regla.
41. También ruego al príncipe Miguel que sea mi fortaleza y mi escudo de defensa contra las asechanzas e insidias que me previenen y preparan mis enemigos.
41. Cf Sal 91,6.
42. Imploro la clemencia de José, del castísimo esposo de la Virgen María, para que sea casto en mis palabras, obras, pensamientos y deseos; para que merezca recibir dignamente no en mis brazos, sino en mi pecho, al Niño recién nacido en el establo de Belén (39); y para que tenga la dicha de morir en el regazo de María y en la presencia del dulcísimo José.
 42. Cf Sal 8, 6-10.
43. Pequé y por tanto, ruego a los santos apóstoles San Pedro y San Pablo que me alcancen de Dios nuestro Señor una entera confesión de mis pecados, que por ellos no me impidan la entrada al reino eterno de la gloria.
 43. Cf Sal 49,6.
44. Pequé y por tanto, imploro la clemencia de todos los santos; del inocente Abel, para que mis sacrificios merezcan ser consumidos por el fuego de la caridad y recta intención del patriarca Abraham, para que mi obediencia sea pronta y ejecutiva; del humilde padre mío San Francisco de Asís, porque por el anonadamiento propio se sube a la gloria, se practica la virtud y se adelanta en la perfección religiosa.
44. Cf Sal 97,4.
45. Pequé y por lo tanto, recurro a ti, Padre mío, para que seas el consejero en mis dudas, el médico en mis enfermedades, el maestro en mis ignorancias, el protector en mis combates, la luz en mis perplejidades, el sostén en mis escrúpulos, el guía en mis extravíos y el padre compasivo en todas mis necesidades, ya no más abusos de vuestra caridad, ya no más torturar vuestra paciencia, ya no más pueriles preguntas, ya no más enfadoso silencio, ya no más lagrimas sin contrición.
45. Cf Jb. 14,9; Sal 147,8; Lc. 12, 22-31.
46. Año nuevo, vida nueva, vida de religioso y no costumbres de seglar: “Ahora me acuerdo de los males que causé a Jerusalén y muero de tristeza”, decía el impío Antíoco.

47. Ahora recuerdo, aunque en medio de una santa tristeza y de una firme esperanza, los males que presenció la Jerusalén de mi alma, ahora traigo a la memoria los mandamientos quebrantados, los sacramentos profanados, las reglas de mi Instituto despreciadas. Ahora recuerdo las misas celebradas, el divino oficio rezado con distracciones y sin compás (40); también recuerdo todos los males que he hecho y todos los bienes que he dejado de practicar. Me remuerde el tiempo perdido y, por tanto, pido a toda la corte celestial y a vos, Padre, que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Amén.

48. Y Tú, Señor, que mandaste y todas las cosas fueron creadas (41), que dijiste y todas las cosas fueron hechas (42); tu, Señor, dominas los vientos, los mares, y las tempestades. Tú, Señor, que humillas las colinas, montes y collados (44); Tu, Señor, que vistes de árboles, plantas y flores de los campos, bosques y jardines (45), Tú, Señor, infunde tu santo temor a las médulas de mis huesos, a los senos de mi corazón, a lo íntimo de mi alma. Así sea.

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