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martes, 20 de octubre de 2015

II PLÁTICA



II PLÁTICA 

Sobre la Confesión


¿Quieres ser sano? Jn. 5,3
Nuestro Señor Jesucristo le preguntó al paralítico de la piscina si quería sanar, y le contestó que no tenía quien lo condujese al tiempo que el Ángel movía las aguas (1)
1. Saquemos de aquí una muy sabida consecuencia: los herejes, los grandes pecadores, los tibios y los imperfectos; no pueden decir afirmativamente que no tienen quien los conduzca por el camino de la verdad, porque todos los días, todos los instantes y todas las horas, son muy a propósito para acercarnos a la Piscina Sagrada, para lavarnos de las manchas inmundas del pecado de que adolecemos; sus aguas tienen tal virtud que no sólo sanan al primero que llega, sino que curan a todos los que se lavan con ellas. Para vosotras, que camináis por el camino de la perfección, esas mismas aguas con mayor facilidad os conducirán felizmente al puerto de la verdadera caridad, que es el término de las contrariedades de la vida humana y el principio de la fruición beatífica en la eternidad. Por esta razón al tratar de la confesión (2) sacramental, lo haremos como un medio que tenemos para alcanzar la pureza de conciencia, no ya de las culpas graves que cargan sobre los pecadores, porque vosotros no las cometéis, sino de esas culpas leves propias de la flaqueza del hombre, las cuales seguramente nos detienen en el camino de la perfección, y tal vez nos privarán largos años de la vida de Dios.
2. Dijo Nuestro Señor Jesucristo a santa Brígida que para que alcanzara su Espíritu y lo conservara después de conseguido, convenía se confesara frecuentemente de sus pecados, negligencias e imperfecciones, a los pies de algún sacerdote legítimo (3). Conseguir el espíritu de Jesucristo y alcanzar la perfección cristiana, son palabras muy diversas, pero que tienen el mismo sonido, puesto que la perfección del cristiano consiste en imitar la vida de Nuestro Señor Jesucristo y tener un espíritu semejante al suyo, pues es evidentemente cierto que bajó a la tierra para enseñarnos con su vida y ejemplo, el camino del cielo. De todo esto se deduce, que si la confesión frecuente es un medio para conseguir el espíritu de Jesucristo, lo es también para llegar a la perfección cristiana que es lo único a que debemos aspirar.
3. Casiano, hablando de la pureza de la conciencia, no toca a aquella conciencia que se opone a la deshonestidad, sino que trata de aquella pureza general, que excluye toda falta e imperfección y hace al alma limpia de toda mancha, a la cual debemos aspirar con todas las fuerzas de nuestro espíritu y a ella debemos dirigir todas las dificultades que encontramos en el camino de la virtud. Pues por ella nos resolvemos a abandonar a nuestros padres y parientes y por ella nos resolvimos a renunciar a las dignidades, riquezas delicias de la tierra. El mismo autor de la razón por qué debemos tener fija la vista y toda nuestra atención en esta pureza, pues ella es el último escalón por el cual debemos ir al gozo de la divina caridad, que es el termino feliz de nuestra perfección; porque así como Dios no da la caridad consumada a ningún alma en la gloria sin que las llamas del purgatorio la hayan dejado como el oro en el crisol(4) en una perfecta limpieza, de la misma manera Su Majestad, no le da el don de perfecta caridad en esta vida, sino a las almas que aparecen a sus ojos puras, blancas e inmaculadas (5); y cuanto más sea esta limpieza, tanto más puro es el oro de la caridad que se les comunica. Y por lo mismo, sin duda alguna, la confesión frecuente es un medio eficacísimo para conseguir presto la pureza de conciencia, con el cual mereceremos el excelso don de la perfecta caridad.
4. Esta pureza de corazón no consiste en no caer en ningún defecto, pues San Luis dice que aún las almas más piadosas están sujetas a que se les pegue el polvo de algunas culpas ligeras. La pureza de que nos ocupamos, consiste en una continua guarda del corazón y en evitar, en cuanto sea posible, los defectos que diariamente cometemos; y verdaderamente nos engañamos cuando para enmendarnos queremos que se ponga la casa de educación, entonces nos pasará lo que ahora experimentamos a menudo, es decir, tendremos la casa y desearemos el monasterio, habitaremos el convento y no sabremos que desear. Confesémonos bien y frecuentemente, y por mar o por tierra, con conventos o sin ellos, podremos arribar a la más perfecta caridad.
5. El apóstol dice que la penitencia que proviene de Dios, produce efectos saludables de virtud, por consiguiente, también lo son de perfección o lo que es lo mismo, un constante reconocimiento y enmienda, porque los propósitos que se hacen en la confesión con sumisión y respeto, separan al alma del afecto a las faltas cometidas. La gracia que se comunica por este admirable Sacramento, hace fuerza a la voluntad (6) para resistir a las inclinaciones desordenadas de la naturaleza; y el confesor a cuyos pies nos arrodillamos nos da medios y remedios saludables que nos ayudan a extirpar todos los defectos de que adolecemos y podemos adquirir todas las virtudes. Alguno que no tenga la virtud de vosotras me dirá, que como yo estoy sólo en casa, no sé las dificultades que tienen las personas de otras muchas ocupaciones; pero aun suponiendo este caso, no es posible suponer que el Señor, que es tan misericordioso, deje de ayudarnos en cualquier estado, condición o circunstancia en que nos hallemos; pues muy bien sabemos que las aguas de la Piscina Sagrada tienen virtud para resucitar muertos, sanar (7) cojos, mancos, ciegos y paralíticos. Acerquémonos pues a ellas, con el sincero deseo de sanar de nuestras enfermedades espirituales, y pronto conseguiremos la pureza de corazón que necesitamos y presto alcanzaremos la perfecta caridad que nos exige la consagración voluntaria que debemos dedicar al Señor.
6. Nos damos cuenta de que hablamos de la confesión como medio eficacísimo para alcanzar la pureza de conciencia y por lo mismo indicamos las condiciones que son necesarias. Ninguno ignora que el arrepentimiento (8) de haber cometido el pecado es absolutamente necesario para conseguir el perdón de él. En este punto especial faltan las personas espirituales y devotas. El arrepentimiento debe estar fundado en motivos sobrenaturales, puesto que Dios no ha perdonado y ha hecho decreto de no perdonar a nadie si no se arrepiente de sus pecados por los motivos dichos.
7. Para el mismo bautismo, que tiene la virtud prodigiosa de sanar no solo a los enfermos, sino de curar a los que están infectados en los vicios, se requiere el arrepentimiento verdadero, de manera que, como dice San Ambrosio, que es tan necesario el arrepentimiento verdadero en el que se confiesa, como necesaria la medicina en el que está herido; y que estando nosotros ciertos que el arrepentimiento es el único medio que tenemos después del bautismo (9), para conseguir el perdón, lo debemos procurar con todas nuestras fuerzas, aún a costa de cualquier trabajo.
8. En efecto, debemos aprovecharnos de estas eficaces consideraciones, sin tener en cuenta, que tal vez se encuentren personas que creen que consiste el fruto en estudiados y prolongados discursos; esto es un verdadero error, pues estas personas además de la irreverencia que cometen contra el sacramento, no saben ni quieren saber cuál es la jerarquía de la confesión, pues santo Tomás sólo quería que se explicara la calidad, circunstancia, y cantidad de pecados (10). San Gregorio nos ha dicho que la verdadera, sólida y fructuosa confesión no se mide por las muchas palabras, sino por el sincero dolor del corazón. Y en otra parte se añade; “las palabras en la confesión son las hojas y el dolor del corazón es el fruto”. Así es que en tanto se admite la confesión de palabras, es en cuanto por ellas manifestamos la sinceridad de nuestro dolor y arrepentimiento, que debe ser eficaz, para que eficazmente produzca en nosotros la limpieza que deseamos conseguir por medio de la confesión. Además, dolor eficaz es aquél que va unido con la fuerte resolución de nunca más pecar (11); lo cual seguramente nos falta cuando tornamos a confesarnos de los pecados, aunque sean leves, sin que se vea una notable mudanza. Con razón dice San Ambrosio que para que no se le atribuyan al alma los pecados, ni se le considerara de ellos, no basta el dolor y las lagrimas, sino que es necesario también la enmienda (12).
9. En cuanto a este punto, creo que habréis entendido cual es la esencia del arrepentimiento y que nada tiene que ver la enmienda de la vida con las tentaciones y asaltos de nuestros enemigos, estos, aunque los experimentéis, no son pecados, sino materia de mérito. Me explicaré mejor: una cosa es mirar la forma de la tentación sin consentimiento; y otra cosa es mirar con detención o conversar con ellos; de manera que vosotras, que tratáis de borrar las diversas miserias con un sincero arrepentimiento, podréis estar tranquilas; aunque el enemigo de la salvación deje de visitarnos a la luz del día y en la oscuridad de la noche. No tratamos por esto de turbar la conciencia, pues sólo decimos que si alguno no se arrepiente de sus pecados, aunque leves, jamás quedará perdonado, ni mucho menos alcanzará la pureza de la conciencia que es el último escalón para entrar en el horno del divino amor.
10. Entremos en otra consideración importante: debe acompañar al arrepentimiento una sincera humildad, y de ella tenemos un retrato en el publicano, pues éste se reconoce como el más grande pecador del mundo; no se atreve a levantar los ojos, mira sólo a la tierra como testigo de sus pecados; se da golpes de pecho (13) para aplacar el Corazón de Dios, puesto que contra El los ha cometido; lo mueve a piedad y al perdón de sus culpas. Pues bien, éstos ejemplos debemos seguir. Tengamos presente que Dios quiso que no bastara el arrepentimiento oculto delante de su Majestad, sino que también ordenó que ese mismo dolor, lo llevásemos a los pies del sacerdote (14), para despertar en nosotros esa humilde vergüenza que tiene tanta fuerza para alcanzar el perdón.
11. Esta humildad interna, dice San Juan Crisóstomo, nace naturalmente de la confesión, si se hace como es debido; porque confesándote delante de Dios, a quien has ofendido, conoce tu vileza, pequeñez y atrevimiento en disgustar a un Dios de tan gran majestad. El alma, con este conocimiento, se humilla en la presencia de su Señor; se llena de rubor, detesta sus culpas y pide perdón ¡Oh!, qué objeto de gran ternura! Todo un Dios a la vista de tan sincera humildad, se mueve a compasión, a piedad y al perdón de sus desaciertos; corre enternecido a abrazarla y estrecharla dulcemente sobre su pecho, tratándola no como reo culpable, sino como a su hija querida (15).
12. Esta es la humildad que nos debe acompañar siempre, si queremos salir de la Sagrada Piscina más blancos que la nieve (16). La otra, bien diversa por cierto, es la humildad diabólica, que nos conduce a la desconfianza y desesperación. Si sólo conocemos nuestros pecados, si sólo nos consideramos reos, pero sin tener una firmísima esperanza de alcanzar el perdón, nuestra penitencia será semejante a la de Caín (17) y Judas (18) y le haremos al Señor una nueva y señalada injuria. Si tenemos la fortuna de que conozcamos nuestros pecados, que lloremos con amargo llanto, porque consideramos que los veinte o más años que hemos tenido de vida, hemos frecuentado un círculo vicioso de pecar y confesar, confesar y volver a pecar; no debemos acobardarnos porque hoy mismo podemos remediar eses gravísimo mal, haciendo una confesión dolorosa, eficaz y humilde y, de esta manera, evitaremos imitar la confesión afrentosa de Judas (19).
13. Si alguno me dice que tiene experiencia contraria a lo que hemos explicado, me permitirá que le replique, diciéndole que está equivocado, y que tal vez no ha obedecido y que en tal caso no es extraño que carezca del conocimiento verdadero, siguiendo un camino sin luz o más claro, por el que está lleno de errores por haberse dejado conducir a la manera de un ciego, cerrando los ojos para no ver la luz que lo alumbra. Todos, generalmente, estamos necesitados del Ángel que nos mueva las aguas de la Piscina Sagrada, y no podemos decir que no tenemos quién nos conduzca a tiempo (20). En nuestras manos está seguir a ese Angel que nos deparó la Providencia Divina para que, ayudándonos con la luz del cielo que comunica, nos ilustre, nos enseñe y doblegue nuestra voluntad a Dios.
14. Además es necesario que la confesión sea siempre simple, entera y sincera, no sólo de los pecados mortales que no quedarían confesados involuntariamente y por lo mismo, no serían perdonados, sino también de las culpas leves para no detenerse en el camino de la perfección (21). Se supone que alguno puede hacer esa integridad, respecto de las culpas y aun de las graves, con otro confesor que el ordinario; pero como esto no es pecado, se lo aprobamos y aún se lo aconsejamos, mas esto no será muy conveniente, porque como dice San Agustín: ¿Cómo podrá el médico sanar una herida, una llaga que tú le ocultas? Y ¿Cómo podrá tu confesor ordinario o extraordinario, sanarte de aquellas faltas en que caes si no se las manifiestas? (22). ¿Cómo podrá librarte de aquellas pasioncillas que te dominan si tú se las escondes? ¿Cómo podrá defenderte de aquellas tentaciones con eue el demonio te acomete, si tú no se las dices? ¡Qué flaqueza es la tuya! Dice el mismo santo en otro lugar; ¿Te avergüenzas ¿decir lo que no te avergüenzas de hacer? Y ¿no es mejor sufrir ahora un poco de rubor delante de un hombre, que no consumirte de vergüenza eldia del juicio delante de tantos millares de gentes que serán testigos de tus mismas miserias? Pero decimos: “ese hombre ya no me hace caso; sólo se detiene con los perfectos; conozco que ya le doy vasca”. Entonces, debemos buscar otro, o al menos meditar lo poquito que nos diga a los pies del crucifijo, pues repetimos que no consiste la buena confesión en expresar muchas palabras, sino en tener mucho dolor y verdadero arrepentimiento de haber cometido los pecados.
15. Vosotras me decís que es por demás haber notado los defectos que pueden ocurrir en la recepción de la frecuente confesión: que estáis muy lejos de haberos encontrado e esos defectos; que gracias a la educación moral que habéis recibido, habéis cumplido escrupulosamente con vuestro deber. Pues bien, nosotros estamos también en esa firmísima creencia, de manera que sólo lo recordamos para el caso que fuere necesario, y por esas mismas razones omitimos tratar de los abusos que pueden ocurrir respecto del director y de la persona a quien se dirige, porque no se ha dado ese caso, puede darse el de que comenzando a correr sin distinción por el camino del bien, se venga a terminar necesariamente al camino del mal, y en este sentido concluiré con la última circunstancia, por exigirlo así la materia de que tratamos, contando con el permiso de vosotras.
16. La última condición como hemos dicho, para que la confesión sea perfecta, es la simplicidad y verdadera claridad al verificarla. En efecto, la confesión debe ser sin doblez ni excusa y solapas, porque de no hacerlo así, más bien sería para excusarnos que para acusarnos, sin darnos a conocer tales como somos; y en lugar de aplacar a Dios, más bien lo irritamos con la circunstancia gravísima de que acostumbramos culpar a los vecinos, a los criados y a nuestras mismas hermanas. Nunca llegaremos a conseguir la deseada pureza del corazón, la vida nos descubrirá sus engaños artificiosos. Pero no, ciertamente esto no llegará, y si tuviéramos que remediarlo sería porque espíritu maligno nos abultaría nuestras culpas y pecados conduciéndonos así hasta la muerte, a la más espantosa desesperación, conociendo que en la vida le ha costado tanto trabajo preparar el camino del mal, el cual vosotras habéis despreciado con tanto cuidado y ni aun siquiera tenido la idea de andar.
17. Estoy en la creencia de que vosotras no tenéis necesidad de hacer u na confesión general para valorizar algunas confesiones que acaso en la vida pasada hubieran sido nulas, pero si vuestros directores lo tuvieren por conveniente, podréis seguir el ejemplo de Santa Margarita de Cortona. El Señor, después de su conversación, le regaló y le instruyó de mil maneras; mostrándosele todo lleno de amor y llamándola frecuentemente con el nombre de “sierva”… Ella, con el candor de un alma amante, le dijo un día: ¿Cuándo llegaré a tener la dicha de que me llames con el título de hija? Y el Señor entonces le contestó: “Aun no eres digna todavía de que así te nombre, conviene para lograr tu deseo, que te purifiques por medio de una confesión general”. ¿Y qué hizo entonces nuestra Santa? Poner manos a la obra sin dilación; por ocho días consecutivos estuvo exponiendo a los pies de un confesor sus antiguos pecados, más bien con lágrimas que con palabras; quitose después el velo y fuese a recibir el Santisimo Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, en cuyo acto solemne oyó interiormente lo que tanto había deseado que la llamara ¡hija mía! Y a unas palabras tan dulces, quedó sin sentido, arrobada en suavísimo e inefable gozo. Y vuelta en sí de su amoroso éxtasis, repitió continuamente pasmada de admiración: ¡Hija mía!, ¡Oh dulce voz!, ¡Oh palabras llenas de consuelo! ¡Hija mía! ¡Oh palabras llenas de seguridad!
18. Muy bien comprendo que también vosotras deseáis, como la ilustre santa Margarita, las dulcísimas palabras que el dulcísimo Jesús le dirigió, de ¡hija mía!, pues para que consigáis esa dicha os repetiré: “manos a la obra”, pero no superficialmente como lo hacen las personas ignorantes, no con enredos que más bien los llamaremos confusión que confesión general bien hecha; sino con abundantes lágrimas que manifiesten el dolor sincero y con simplicidad de palabras que corresponden al arrepentimiento, y entonces si oiréis interiormente las tiernísimas palabras de nuestro amantísimo Padre Jesús: ¡hijas mías!...
19. Dirá cada una de vosotras: tengo necesidad de consultar al director, pues siento un no sé qué, algo que me estorba y deseo saber la medicina qaue me sane. Tal vez Dios sólo espera de mi una confesión general que me cure del fastidio que experimento, todo puede ser muy bien, pero necesitamos el consentimiento del confesor; y si él se opusiere buscaré otro que me conceda el logro de mi ardiente deseo. Pero a este fin os suplico por vida vuestra, que alejéis de vosotras los caprichos; pues guardando ciega obediencia, como todos estamos obligados a practicarla, seguramente nos confesaremos ya particular o ya generalmente con arrepentimiento eficaz y sincero, con brevedad, claridad y sinceridad.
20. Y ya ansiosas de que venga desde luego ese dulcísimo fruto de vuestra conversión, como le fue concedido a la gloriosa santa Margarita, os oigo exclamar anegadas en ese llanto que produce el corazón de las almas justas: ¡Dios de infinita clemencia! ¡Dios infinito en vuestras perfecciones! Llena de confusión y vergüenza por mis gravísimos pecados me presento ante Ti.
21. Yo, miserable criatura, sin tener las riquezas de esta tierra, sin desear los honores del mundo, sin haber conocido los viles placeres con que engaña a los que le conocen, aquí me tenéis, postrada a vuestros divinos pies, no con la santidad de vuestros amantes hijos, sino cargada de culpas y defectos que hoy deploro ante vuestra Divina Majestad. ¿Es posible que tan infiel e ingrata he sido para con Vos? ¿No basta que en mi vida pasada haya despreciado tantas veces vuestro amor, hollado vuestra Sangre Divina, abierto vuestras sacratísimas llagas y renovado vuestra Pasión y Muerte? ¿No basta que tantos herejes, impíos y malvados os hagan cruelísima guerra? ¿Tengo yo la desgracia de aumentar todavía la aflicción y amargura de vuestro Corazón Santísimo?
22. Yo, nombrándome hija de mi amante Madre María, y por lo mismo encargada de defender vuestros intereses. ¿Es posible que habiéndome Vos colmado de beneficios y singulares favores, os pague con incesantes negligencias y desprecios? ¿Hay locura igual a la mía? ¡Vos me reconciliasteis con el Padre Celestial muriendo por mí en un afrentoso madero!; y yo, con mis crueles faltas lo estoy irritando de nuevo cada vez más contra mí! ¡Vos queréis elevarme a la perfección y hacerme favor muy señalado, y yo sólo correspondo con las criminales tibiezas, a tamaña prueba de amor como amante Padre ¿y no te mueres de vergüenza y confusión, alma mía? ¿y no te confundes de vivir siempre sepultada en los mismos defectos y en los mismos reprensibles caprichos? ¿y es esto cumplir fielmente con lo que tantas y tan repetidas veces he prometido? ¿y es este el modo de obedecer a lo que exige de ti la santidad del Bautismo, y la dignidad en que te encuentras favorablemente de Hija de María?
23. ¡Dios mío! ¡Amantísimo Padre! A Vos acudo con toda sumisión, para que deis agua a mi cabeza y fuentes de lágrimas de arrepentimiento a mis ojos, para llorar día y noche mis infidelidades y pecados, y mis multiplicadas confesiones, que he practicado sin un verdadero dolor ni propósito. Y por último, ¿A quién acudiré en esta gran confusión que me encuentro sino a Vos que sois mi Creador, mi Redentor y mi Bienhechor distinguido?
24. Concédeme, Señor, la gracia que hoy de nuevo imploro de vuestra clemencia, que me haga digna de vuestra Divina Majestad por la poderosa intercesión de vuestra purísima Madre y Señora mía, María Santísima, para alcanzar una verdadera penitencia, una sincera confesión y una cumplida satisfacción para cantar tus misericordias por toda la eternidad. Así sea.

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