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martes, 31 de mayo de 2016

Sobre la confesión sacramental y pureza de conciencia

Dos de las pláticas del padre José del Refugio, la primera y la tercera, según el orden tradicional, versan sobre la confesión. Por razones de brevedad nos limitaremos aquí a la tercera, a la cual, el orden lógico que hemos establecido, le corresponde al segundo lugar.
En ella trata de la confesión sacramental, como medio providencial para conseguir una gran pureza de conciencia. A propósito de esta escribe: ´´La pureza de que nos ocupamos, consiste en una continua guarda de corazón y evitar cuanto es posible los defectos que diariamente cometemos´´.
Esta pureza de conciencia es necesaria para conseguir el espirita de Jesucristo; pues ´´conseguir el espíritu de Jesucristo y alcanzar la perfección cristiana son palabras diversas, pero que tienen el mismo sentido, puesto que la perfección del cristiano consiste en imitar a nuestro Señor Jesucristo, y tener un espíritu semejante al suyo´´.
Por donde se ve la intima relación de esta plática con la anterior sobre el amor de Dios, que es la meta de toda perfección.
Como medio eficacísimo para alcanzar esa pureza de conciencia, el Padre José del Refugio propone la plática regular semanaria, de la confesión sacramental que han de practicar sus hijas con las siguientes condiciones:
1.      Como arrepentimiento sincero y eficaz de sus faltas cometidas. A este propósito les enseñaba el padre a distinguir entre sentir la tentación y consentirla:… una cosa es mirar la forma de tentación, otra cosas es conversar con ella; de manera que vosotras, que tratáis de borrar las diversas miserias con un sincero arrepentimiento, podréis estar tranquilas, aunque el enemigo de la salvación no deje de visitarnos a la luz del día y en la oscuridad de la noche.
Y añade a continuación para poner de relieve la relación de la confesión con el amor de Dios:
… decimos que si alguno no se arrepiente de sus pecados, aunque leves, jamás quedara perdonado, ni mucho menos alcanzara la pureza de conciencia que es el último escalón para entrar en el horno del divino amor.
2.      Debe acompañar al arrepentimiento una sincera humildad y de ella tenemos el retrato en el publicano, pues este se reconoce como el más grande pecador del mundo…
Hay que evitar 3empèro, añadía el padre José del Refugio, la humildad diabólica que nos conduce a la desconfianza y desesperación.
Es necesario evitar un gran defecto muy común entre las religiosas: … hemos frecuentado un círculo vicioso de pecar y confesar, confesar y volver a pecar.
El gran remedio estriba una confesión dolorosa, eficaz y humilde.
3.      Con este fin y para procurar una autentica pureza de conciencia enseñaba el padre José del Refugio: es necesario que la confesión sea siempre simple, entera y sincera, no solo de los pecados mortales… sino también de las culpas leves, para no detenerse en el camino de la perfección.
Es utilísimo para el propio fin tener confesor fijo que nos dirija por la difícil senda que lleva hasta la perfección cristiana cumplida.
Cuanto a la confesión general que muchas personas devotas consideran como un medio para comenzar vida nueva y renovarse totalmente, aconsejaba al padre que no se practicase sino de acuerdo con el confesor ordinario o director, a quien, en materia tan delicada, conviene prestar ciega obediencia y estar a su dictamen. Os suplico, por vida vuestra, que alejéis de vosotras los caprichos de esas almas que cuando el confesor les niega el permiso para hacer confesión general, va en busca de otros y otros, hasta encontrar a quien se lo permita, frecuentemente sin ningún fruto, y sí con detrimento.
Concluye la plática con esta oración que pone en labios de una de sus congregantes:
¡Dios infinito en nuestras perfecciones! Llena de confusión y vergüenza por mis repetidos pecados cometidos, ante Ti (me postro), yo, miserable criatura, sin tener las riquezas de la tierra, sin desear los honores del mundo, sin haber conocido los viles placeres con los engaña a los que conocen; aquí me tenéis postrada a vuestros divinos pies, no con la santidad de vuestras amantes hijas, sino cargada de culpas y defectos que hoy  deploro ante vuestra Divina Majestad! ¿Es mi vida pasada infiel e ingrata? ¿No basta que en mi vida pasada haya despreciado tantas veces vuestro amor, hollado vuestra Sangre divina, abierto vuestras sacratísimas llagas y renovado vuestra pasión y muerte?... ¿Tengo yo la desgracia de aumentar todavía la aflicción y amargura de vuestro Corazón Santísimo? Yo nombrándome hija de mi amante Madre mía, y, por lo mismo, encargada de defender vuestros intereses? ¿Es posible que habiéndome Vos colmado de beneficios y singulares favores os pague con incesantes negligencias y desprecios? ¿Hay locura igual a la mía? ¿Vos me reconciliasteis con el Padre Celestial, muriendo por mí en un afrentoso madero; y yo con mis crueles faltas lo estoy irritando de nuevo cada vez mas contra mí? ¿Vos queréis elevarme a la perfección y hacerme un favor muy señalado, y yo solo respondo con criminales tibiezas a tamañas pruebas de amor que me dais como amante Padre? ¿Y no te mueres de vergüenza y confusión, alma mía? ¿Y note confundes de vivir siempre sepultada en los mismos defectos y en los mismos reprensibles caprichos? ¿Y es esto cumplir fielmente lo que tantas y tan repetidas veces has prometido? ¿Y es este el modo de obedecer a lo que exige de ti la santidad del bautismo y la dignidad en que te encuentras Hijas de María?
Dios mi. ¡Amantísimo Padre! A vos acudo con toda sumisión para que deis agua a mi cabeza y fuente de lágrimas de arrepentimiento a mis ojos, para llorar día y noche mis infidelidades y pecados y mis multiplicadas confesiones que he practicado sin un verdadero dolor ni propósito. ¿Y por último, a quien acudiré en esta gran confusión en que me encuentro, si  vos, que sois mi Creador, mi Redentor, mi Bienhechor distinguido?

Concédeme, Señor, la gracia que hoy de nuevo imploro de vuestra clemencia, que me haga digna de vuestra Divina Majestad, por la poderosa intersección de vuestra purísima Madre y Señora mía, María Santísima, para alcanzar una verdadera penitencia, una sincera confesión y una cumplida satisfacción, para cantar vuestras misericordias por toda laña eternidad. Así sea.

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