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martes, 31 de mayo de 2016

Un gran modelo femenino de santidad: Santa Gertrudis.

En los siglos XVII y XIX estuvo muy fundida en México la devoción a Santa Gertrudis a quien no se dudaba en llamarla “la Magna”. También el padre José del Refugio admiró los dotes de esta gran mujer. A propósito de ella, escribe para las Hijas del Corazón de María:

Dios puso a Gertrudis en el mundo para hacer ostentación de su poder y su grandeza, y para dejar a las Hijas del claustro un perfecto recuerdo de lo mucho que puede el sexo débil, auxiliado y sostenido por la gracia… Con todos los profesores de la vida religiosa habla la vida humana de Santa Gertrudis, pero de una manera muy especial y de un modo imperioso con las personas de su sexo, en quienes el mismo Dios se complace; porque debéis advertir que puso en el hombre la fuerza y el poder; y en la mujer colocó tales cualidades y distinciones que, una vez metida en la fragua del amor divino, es insaciable en amar, fuerte en padecer y resuelta en sufrir.

En otra parte de la misma plática decía el padre:

No quiero pasar en silencio un pasaje de la vida de Gertrudis, el cual quisiera dejar escrito en las paredes de esta santa casa con caracteres indelebles y de eterna memoria; por lo mismo que manifiesta, que su máxima es muy contraria a la conducta de algunos. Pues en lugar de humillarnos por nuestros pequeños o grandes pecados, nos dejamos dominar por el espíritu de la tibieza, permaneciendo días, semanas y meses enteros en una especie de impenitencia y damos lugar al espíritu diabólico, que nos domina con las pasiones, para que nos precipiten más y más en la perdición. Este es el caso:

No habiendo Dios librado a Gertrudis de esas pequeñas faltas, que servían de lastre a los favores del cielo, para no naufragar en el abismo de la presunción, un día cayó en una ligera impaciencia y sucedió que, al día siguiente, se le presento Nuestro Señor Jesucristo con rostro severo y disgustado. No es fácil adivinar cuál fue el sentimiento y pesar de Gertrudis que hubiera querido, anegada en llanto, aniquilarse por aquel leve defecto…, pero Jesús, conociendo la grave pena que experimentaba su esposa querida, mudó de semblante y le dijo que aquella era la conducta que seguía en las caídas de las almas; pero que luego se arrepentían y humillaban tornada a ellas con rostro placentero y agradable.

Y en virtud de esta enseñanza, añadía el padre José de Refugio: ¿No tengo razón para querer dejar gravado con caracteres de oro este documento de verdadera estima, ya que no podemos abandonar del todo nuestros gustos y defectos? Yo os suplico que al menos le deis un lugarcito en las páginas de vuestro apunte diario…

Más adelante decía:

Paso también en silencio, por los estrechos límites de esta exhortación, la íntima comunicación de nuestra Santa tuvo con nuestros Padres Domingo y Francisco y con el glorioso San Bernardo. Solo me permite la brevedad indicar las virtudes de Gertrudis que pueden servir de luz de guía y de consuelo a las Hijas del tiernísimo y sagrado Corazón de María.

Y entre otras virtudes señala el padre José del Refugio aquellas que le parecían más importantes para sus congregantes:

La humildad y la obediencia eran las alas que elevaban a la paloma de Mansfield a la cumbre de la perfección.

La pobreza y libertad de espíritu…, su corazón no estuvo apegado a nada de la tierra… El corazón de nuestra santa se amoldó de tal suerte al de Jesucristo que parecía uno solo. Gertrudis encontraba su descanso y consuelo en Jesús, y Jesús en Gertrudis…

El candor y pureza.

Su dedicación al estudio de las ciencias, dedicación que sin embrago les costó algún quebranto espiritual: Gertrudis que estaba dotada de feliz memoria y de un entendimiento claro, bien pronto aprendió la gramática latina y la filosofía; recorrió los libros de los profetas y adquirió tan vastos conocimientos en la teología, en la Sagrada Escritura, y en Santos Padres que sobresalía por su ciencia. Pero con el conocimiento de los autores y ciencias profanas, palideció un poco su fervor, estibio algo su espíritu y cayó en el anzuelo de la tentación. Cesaron en consecuencia los consuelos divinos y el Señor le mostro su desagrado. La santa cambio su conducta y mostro gran arrepentimiento: lo explicaba muy bien, comentaba en padre José del Refugio, las penitencias a que se entregó: sangrientas disciplinas, silencio continuo y mortificación de sus sentidos… hasta que el Señor no solo la perdono, si no le enriqueció con nuevos dones y gracias, hasta imprimirle sus llagas en lo más hondo de su corazón, no en el monte Alvernia como a nuestro Padre San Francisco, sino en un sencillo acto de comunidad al tomar la pequeña colación de la noche.

Así anhelaba el padre José del Refugio que fueran sus Hijas: obedientes, humildes, pobres, candorosas y puras, estudiosas pero sobre todo amantísimas de Cristo, hasta merecer llevar en lo más hondo del corazón sus sagradas llagas.



Estas enseñanzas espirituales que de sus pláticas e instrucciones hemos destacado, son, en nuestro humilde concepto, el rico testamento espiritual que el Padre Fundador quiso transmitir a sus Hijas, quienes por haber revestido el hábito de la Tercera Orden Regular de San Francisco, toman ahora el nombre de Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, sin dejar por ello de ser Hijas del Corazón de María, sino antes bien, reclamando con nuevo título tan honrosa distinción. Cambian loa nombres, pero la identidad fundamental permanece, y esa identidad se alimenta de espiritualidad del Padre Fundador.

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