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Platica 3

Sobre Las tentaciones.


Nadie en el mundo está libre de la tentación.
“Vosotras me diréis, escribía el padre José del Refugio a sus hijas, que el tentador tendrá su gran mansión con las gentes carnales y mundanas; pero que no traspasara las murallas del monasterio ni tendrá que hacer con los desiertos ni con las Hijas del Corazón de María. Pero estáis equivocadas; antes bien los monasterios, las mas ocultas soledades, y las Hijas de vuestro instinto, son un manjar más regalado, como se explica un profeta”. (Tob. 12, 13).
Dios Nuestro Señor permite esas tentaciones, para purificar a sus fieles, para fortalecer, para mostrarles que sin él, nada puede.

Si me preguntas, decía el padre José del Refugio, porque algunos cedros del Líbano han quedado reducidos  a pavesas, te diré: la soberbia y el amor son las causas… Bien decíamos, proseguía el padre, que la soberbia y el amor propio eran las causas de que vinieran por la tierra los cedros del Líbano y loas columnas de la santa fe. Las páginas sagradas nos aseguran que la tentación no es superior a nuestras fuerzas; luego de la causa de que caigamos y permanezcamos en los mismos defectos por años y más años, no puede ser otra cosa sino que juzgamos por oro puro del paraíso, lo que es vilísimo lodo en la tierra. Los grandes medios para reportar victoria de las tentaciones son, por tanto, la humildad, la confianza en Dios, no parlamentar con la tentación, sino rechazarla prontamente; y por supuesto, la confesión semanal y la dirección espiritual una vez al mes y no más.

Concluía el padre Refugio con esta hermosa plegaria:

Quiero, Dios mío, guardar el sagrado deposito de tu gracia; no, no quiero perderla para probar el fruto vedado; ella es todo mi tesoro, toda mi gloria, toda mi felicidad y todo mi bien; ella me hace semejante a Ti, ella es más sublime que todo el mundo. ¿Qué vale el resplandor de los astros, que la hermosura de las criaturas todas? No, no quiero empañarla con feas manchas. ¡Ojala, Jesús mío, no hubiera perdido jamás tan grande bien; pero me consuela una sola cosa, y es que todavía puedo gozar los privilegios de tu gracia y santificarme con ella! ¡Concededme, Dios mío, concededme que muera mil veces antes de pecar! Así sea.

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