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Plática 4


La vigilancia religiosa.


Jesús exhortaba a sus apóstoles a “vigilar y orar” para no caer en la tentación.
Sin la vigilancia cristiana, advierte el padre José del Refugio, no es posible perseverar en la gracia.
Pero ¿Qué debemos entender por esa vigilancia? “No es otra cosa, puntualizaba el padre que un cuidado diligente para evitar el mal que nos amenaza, y buscar, a la vez para nosotros y para los demás, el bien”.
Velemos o no, añade el padre, el tiempo nos lleva a sus ligeras alas el termino de nuestros días ¿Sentimos en nosotros mismos la gloriosa convicción de haber velado sobre los movimientos del corazón, sobre las pasiones del alma y sobre los apetitos desordenados del cuerpo? Nuestra conciencia, fiel espejo de nuestra vida moral, nos demostrará la vigilancia o negligencia que hayamos tenido: encontramos grandes victorias sobre nuestros enemigos y también formidables derrotas que habrán causado profundas heridas, de las que tal vez aun no hemos podido sanar.  
As la vigilancia espiritual se opone la pereza y la negligencia. No hay que forjarse ilusiones sobre nuestro estado religioso como garantía infalible de seguridad; porque ¿Qué es el hombre y su voluntad?, se preguntaba el padre José del Refugio; y respondía: No hay mar mas borrascoso que sea más pérfido en su calma ni más singular en sus mudanzas… Hoy lleno de vigor camina aceleradamente por los caminos del Señor; y mañana, desalentó y abatido, se para y aun vuelva atrás sin un raspón que el capricho. Quiere y no quiere. Ama y aborrece. Promete y se desdice; da y vuelve a tomar lo dado.   
Siendo así el corazón, volvía a interrogar el padre José del Refugio:
¿En qué exceso de abominación no caeremos? ¿Y cuando no alcanzaremos las virtudes y la perfección de una religiosa…?
Sin una vigilancia continua, proseguía, no es posible perseverar en el estado de gracia.
Si veláramos aunque fuera sobre una sola de nuestras pasiones aquella que casi siempre le abre la puerta al enemigo, indudablemente conociéramos los progresos de nuestros espíritus.
Algunas religiosas caen en grandes defectos, precisamente por su falta de vigilancia: “No le faltan decía el buen padre, a esas religiosas ni los medios ni los modos de seguir la vocación a que es llamada; pero, por no velar, por no estar atenta con los ojos de la consideración sobre todo lo que la rodea, es en un momento, la que parecía una fortaleza inexpugnable, se convierte en un montón de cenizas agitadas  por el viento”.
No faltan religiosas fervorosas que todo lo fían a su entusiasmo espiritual, pero cuando este desaparece o se apaga, quedan sumidas en el más negro abatimiento. Por eso advierte el Padre José del Refugio: “No nos conocemos en la abundancia de los deleites espirituales; pero en la ausencia del Amado, nos hace ver lo que valemos y podemos”.
Esas pruebas divinas demuestran al alma su “estado de lactancia” de inmadurez espiritual; de ahí la importancia de la vigilancia para alcanzar el pleno desarrollo espiritual y la madura plenitud religiosa.
“Solo la vigilancia  nos hace conocer bien a los enemigos de la salvación”.
Esa prudente vigilancia nos instruye, sobre los medios de combatir a nuestros enemigos.
Ella nos enseña que es el preciso prevenir los torcidos instintos de unas (enemigos), y esperar la acometida de otros; pero es preciso hace cara a los unos y pelear varonilmente con ellos; y retirarse a la vista de los otros porque (respeto de estos últimos) solo en una fuga esta la victoria.
La vigilancia, añadía el padre José del Refugio:    
No mueve a buscar al pie de los altares y en la oración, el auxilio que Dios nos ha prometido, y que no podemos encontrar en otras pares…; nos proporciona los medios de cumplir los deberes de las religión…; nos lleva con seguridad a escuchar la palabra de Dios…; nos conduce a la soledad donde Dios nos habla al corazón y nos hace ver, de una ojeada, lo que es preciso hacer y evitar; ella nos mantiene en un continuo sentimiento de respeto delante de Dios, nos hace caminar por sus caminos…, nos hace buscar, en la frecuencia de los sacramentos, las luces, las fortalezas, el ánimo que nos falta.
Y para terminar sobre este importante tópico, traigamos a colación esta breve oración que intercala el padre en su plática:  

Postrados, Dios mío, es vuestra adorable presencia, confesamos con vergüenza y amargura del alma, que todas las culpas y pecados que han manchado el candor de nuestra inocencia, no han sido siempre precisamente efectos de nuestra debilidad, sino de nuestra negligencia y falta de vigilancia.

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