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Plática 5

Sobre La tibieza



Uno de los mayores males de la vida religiosa es la tibieza espiritual. El padre José del Refugio con ocasión del Domingo de Resurrección, dirigió una encendida plática con sus Hijas, para que, si por acaso fueran victimas de tan pernicioso defecto, resucitaran a una nueva vida espiritual.

La fidelidad a la divina ley que Dios pide a una Hija de María, predicaba el Padre, no excluye infinitas imperfecciones, inseparables de la flaqueza humana y de las que apenas puede escapar la piedad más atenta; pero estas imperfecciones son de dos modos: unas que son efecto de la fragilidad…, las que, como dice San Agustín, deja Dios aun a las almas más fieles para mantenerlas en la humildad…; pero otras que nos agrandan, que las justificamos nosotros mismos, a las que nos parece imposible renunciar, a las que miramos como mitigaciones necesarias a la virtud… y forman a la vista de Dios el estado de tibieza que condena a muchas almas en el mundo, y condenará a muchos consagrados a Dios…

Estas pequeñas culpas poco a poco crecen, se agravan y conducen finalmente al pecado grave.

El que no quiere perder la gracia de Dios, enseñaba el padre José del Refugio, debe servirle con fervor; el que no huyere de la tibieza, caerá en culpas graves. ¿Y no re resolverás, Hija mía…? Talvez dirás que si, como en los últimos ejercicios. ¿Pero cuando resucitarás verdaderamente como Nuestro Señor Jesucristo? ¡Ángeles bellos que guardas que guardáis al sepulcro del Salvador, si esta alma ingrata no se resuelve, llorad, llorad, llorad, sí por su próxima muerte!

¿Cuál es el gran remedio contra la tibieza? Respondía el padre José del Refugio: Pues si la tibieza es una disminución de calor y una aproximación al frío, es necesario acercarse al fuego celestial que es Dios. El primer medio y talvez el único, es la unión con Dios por medio de la mente y presencia continua de Dios, hablándole, invocándole, suplicándole y amándole.

Terminaba el padre su instrucción con estas palabras que pone en labios de una de sus congregantes:

Dios mío…¿Cómo he podido ser tan poco puntual a vuestro servicio, tan lánguida en el ejercicio de las virtudes, tan derramada en las cosas exteriores, tan negada al recogimiento interior, orando con la mente apartada de Vos, despreciando las obras de devoción y haciendo poco caso a las mismas cosas santas y del reglamento? ¿Cómo me habéis podido soportar mi buen Jesús?... ¿Cuándo he sabido presentaros una buena obra con toda pureza…? ¿Os he ofrecido jamás una oración sin distracciones, una confesión sin defectos, una comunión sin irreverencias?



¡Clementísimo Dios mío! ¿A quién recurriré yo para curarme de tantos defectos, sino a Vos, único amor mío, única esperanza mía y único apoyo de mi alma? ¡Yo os invoco, os suplico y en Vos espero! ¿Seré la única que, recurriendo a Vos, quede confundida?... Este favor para serviros hasta el fin, sea don vuestro; pues sólo de vuestras divinas manos me puede venir. Vos sois el amado fuego que consume nuestra tibieza.

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