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Plática 6

El Amor de Dios


Propone el padre Refugio su plática sobre el amor de Dios teniendo a la vista una representación del pesebre de Belén: el Divino Niño es el paradigma del amor divino.
Por el amor de Dios, enseñaba, tomamos posesión de Dios en esta vida y somos hechos participares de la divina naturaleza (2 Pedro 1,4).
El divino amor es “amistad con Dios”, es decir, amor reciproco de Dios para con nosotros y de nosotros
para con él.
En ese amor consiste la meta de la perfección cristiana y a él se llega por la cumplida imitación de Cristo.
Hay cuatro clases de amor divino: de complacencia, de preferencia, de benevolencia y de contrición.
El amor de preferencia tiene tres grados: primero, amar a Dios hasta el sacrificio de si mismo, antes que ofenderlo gravemente; el segundo grado es superior al anterior, porque lleva al sacrificio de si, hasta evitar el pecado venial; y el tercer grado, conduce al propio sacrificio con tal de evitar toda imperfección.
A esta última clase de amor exhortaba el padre Refugio vehemente a sus hijas.
Al amor de contrición consagra toda la plática sobre la “fórmula de la confesión”. Esa conferencia no es sino una meditación sobre las palabras del “Yo pecador”, en su fórmula antigua, para excitarse a un vivo dolor espiritual por haber ofendido “a quien tanto nos ha amado”.
Entre los pensamientos de la plática sobre el amor destaquemos los siguientes:
...es propio del amor el convertir el amante de la persona amada, de manera que venga a hacer esta, por el afecto, cual es aquella en el efecto, y lo confirma la célebre sentencia de San Agustín: si amas la tierra, tierra seras; si amas a Dios, dice, seras otro dios.
Y en otro lugar, escribe:
Bella es la comparación de la caridad con el sol; ocultándose este en nuestro horizonte, luego pierden su hermosura las flores; los collados, su amenidad; los prados, su verdura; las aguas, su limpieza; la nieve, su candor; y todas las cosas, su belleza. Pero volviendo a reaparecer sobre el horizonte, tornan a recobrar su verdor los prados; su belleza, las flores; su azul los cielos; su candor, la nieve; y todas las cosas se visten de su antigua amenidad.
De paso hablando del amor de contrición, alaba la manera con que sus Hijas recibían el sacramento de la penitencia “con la gravedad, brevedad y respeto que se merece aquel lugar”.
En la peroración, destacamos esta breve oración que aun cuando ya la citamos a otro propósito, nos place consignarla aquí de nueva cuenta:

¡Dulce Jesús, caridad esencial, fuente inagotable de aquel sagrado fuego que abraza a los ángeles, bienaventurados y a todos los escogidos! ¡Desciende sobre nuestras almas con tu Espíritu vivificador, y, aunque te vemos en Belén vestido de nuestras flaquezas, creemos que eres la Santidad por esencia, y en tu Divinidad, en todo igual al Padre con el Espíritu Santo!

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