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Plática 7

Sobre  La vanagloria espiritual y la hipocresía.



Un peligroso defecto en que suelen incurrir las personas devotas y hasta los religiosos y religiosas, es la vanagloria que podemos llamar espiritual, porque consiste en cierto sutil orgullo de gloriarse de las buenas obras que uno hace y de no ser como los demás…

Este defeco fue precisamente el del fariseo de la parábola que nos propone el Santo Evangelio, para prevenirnos eficazmente contra el mismo (Luc. 18, 10ss).

La vanagloria, decía el padre Refugio, cubre con el ropaje del vicio y hace odiosas a los ojos de Dios, las obras más brillantes y las más austeras penitencias. La vanagloria no es un vicio peculiar de los grandes pecadores, sino de las personas espirituales y devotas que por lo mismo deben evitarlo.

La vanagloria, añadía, no puede hacer triste cortejo de los demás que, en lugar de ensalzar al pecador, más bien lo abaten, lo humillan y lo llenan de vergüenza. Luego correrá ansiosa en pos de los oficios y trabajos de los ministros del santuario; luego solicita buscar la noble compañía de las religiosas, para robarles el mérito de sus confesiones, de sus penitencias, para hacerles estériles los sacrificios que demanda la obediencia y para burlarse del candor y carácter femenil. Luego, fugitiva y errante, andará por los desiertos en busca de los más ilustres anacoretas; no les espanta el vestido del sayal, ni la cama dura, ni la comida pobre; ella se alimenta de las mismas virtudes, y en ellas pone todas sus delicias, y más gusto encuentra en la choza un ermitaño, en los cilicios y pobre celda de una religiosa, que en los palacios de los reyes. La vanagloria con mayor contento preside los actos de una Hija del Corazón de María que el cortejo de la corte.

La vanagloria, continuaba el padre José del Refugio, no resulta del pecado, sino de as obras santas y virtuosas. Luego la vanidad no rinde sus tristes homenajes a los que están sentados en la catedra del vicio, sino a los que encumbran en el alto monte de la profesión y santidad para colocarlos sobre su propio mérito, para engreírlos con sus verdaderos o falsos dones, para robar la gloria que es propia y exclusiva de Dios y para que en sus mismos éxtasis vayan repitiendo las palabras del fariseo: Gracias te doy, Señor, que no soy como las demás mujeres entregadas a la vanidad (mundana), a la disolución, y que toda la vida pasan en los teatros, en las tertulias en los amenos jardines. Gracias te doy, Señor, porque no soy como las demás hijas del Carmelo que nunca toman en sus manos la disciplina, que nunca se castigan con un cilicio, que nunca o rara vez asisten a las reuniones y nunca dicen la culpa.

Este detestable vicio lleva a las personas religiosas al desprecio de las demás y a ofender miserablemente el amor fraternal, y sobre todo roba la gloria que sólo a Dios es debida, a cuya gracia esas personas deben sus virtudes y su buen comportamiento.

La vanagloria espiritual conduce derechamente a las grandes caídas. En efecto, como explica el padre: No podemos negar que la vanagloria es el vicio más odioso a los ojos de Dios, porque el que comete otro pecado, desobedece a Dios mientras que la vanagloria le roba la gloria que le es debida. Los hombres y aun los mismos ángeles no harían nada bueno, si Dios no les diera su gracia; luego aunque conozcamos todo el mérito de nuestras obras; la gloria, el honor, la bendición debemos referirlas a Él; de lo contrario incurriríamos en la maldad de los ángeles rebeldes… ¿Cuál es el pecado que ha hecho descender al cieno de la culpa a esas estrellas brillantes en el firmamento de la Iglesia por su virtud y santidad? ¿La vanagloria? ¿Por qué tantas doncellas han tirado a los inmundos puercos la hermosa virtud de la pobreza, de la modestia y otras mil virtudes?

¿Por qué tratan tan inconsiderablemente al prójimo que parece que tienen un exquisito tino para gobernar y lastimas a todos? ¡Por la vanagloria!

Lo anterior advierte el padre José del Refugio, apoyado en la autoridad de Santo Tomás, no debe hacernos creer que todo deseo de gloria, sea pecaminoso, pues, el mismo Jesucristo nos dice: Luzca vuestra luz delante de los hombres para que viéndola, glorifiquen al Padre Celestial. Pero el deseo de una gloria vana es pecado, porque siempre es vicioso amar la vanidad, buscar la mentira y aceptar lo que nada vale…Conocer y dar gloria a Dios por los bienes verdaderos que nos da; desear que el Señor nos honre y nos bendiga, nos alabe y premie, no es malo ni pecado, y, en este sentido, podemos, debemos desear, la gloria y alabanzas de los hombres y atender a nuestro buen nombre, no solo delante de Dios, sino también delante del mundo.

Terminaba el padre su instrucción, recomendando a sus hijas imitar la conducta del publicano “que toda su gloria la cifraba en confesar que era un gran pecador”. En una palabra, el gran remedio contra este feo defecto de la vida religiosa, es la humildad sincera y autentica.

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