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Plática 8

Sobre el provecho del tiempo.


“Parece, exclamaba el padre José del Refugio, que el tiempo es el común enemigo de los hombres, contra el que se han conjurado en común acuerdo. Toda su vida es un contiguo cuidado para deshacerse del tiempo.”

“Sin embargo, proseguía el padre, el tiempo es un don que nos otorga la mano bondadosa del Señor, para conseguir nuestra salud eterna…”

A continuación expone el tema de su plática: “Por lo mismo trataremos de los peligros de la vida ociosa y de los inconvenientes de la vida desocupada”.

Urge evitar, pues, dos cosas, la ociosidad que pierde el tiempo; y la vida desocupada que lo emplea mal.

Debemos hacer grande aprecio del tiempo, y, evitar perderlo; porque el tiempo “es el precio de la eternidad”, porque “es corto”, de manera que ninguna diligencia puede ser excesiva para aprovecharnos de él; en tercer lugar, “es irreparable, y el que una vez se pierda, no tiene remedio”

Debemos además apreciar el tiempo, porque “es el precio de la sangre de Cristo, el fruto de su muerte y el mérito de su sacrificio”; pues de no ser por la obra salvadora del Señor, ningún tiempo sería bastante para alcanzar la bienaventurada eternidad.

“El tiempo es corto insistía el Padre, más no hay día no hay hora, no hay instante en que, si se aprovecha el bien, no podamos merecer el cielo”.

Y proseguía: “Nuestra vida en un punto imperceptible; la más larga, dura muy poco; nuestros años, nuestros días están reducidos a unos estrechos límites. Apenas aparecemos en la tierra, cuando volvemos a ocultarnos en los abismos de la eternidad”.

Aprovechemos el tiempo para hacer penitencia: Al poco tiempo que vivimos sobre la tierra, debemos añadir los pecados que hemos cometido, cuya penitencia, debemos practicar en este brevísimo tiempo. ¡Oh que dicha la nuestra si sabemos aprovecharnos de todos los instantes, para expiar los pecados de la niñez, de la juventud y de nuestra vida presente.

Todo lo dicho no significa que no debemos “consagrar algunas horas al descanso, pasando el tiempo en recreaciones inocentes; pues cierto que la flaca naturaleza necesita algún género de descanso; pero siempre debe ser por un fis santo y virtuoso y después de haber cumplido con nuestras obligaciones”.

El tiempo es irreparable: en consecuencia, añadía el Padre: Dios ha tenido especiales designios en orden a nuestros días y a nuestros instantes; a cada uno de ellos les corresponde un cierto número de gracias y de auxilios, que tienen íntima relación con nuestra santificación. Pues bien, pasando últimamente el tiempo precioso, se pierde también las gracias que les están anexas. El tiempo que Dios nos concede tiene término, y nunca vuelve; creemos que hemos perdido unos momentos inútiles, y nos hemos privado de un crecido número de gracias.

Y estos pensamientos llevaban al buen padre a la contemplación de la muerte: “Nadie muere más de una vez; de aquí se infiere que es necesario morir bien; porque no hay manera de reparar con una segunda muerte la desgracia de la primera. Del mismo modo cada uno de nuestros instantes no pasa más que una vez: es imposible volver atrás…”

Urge evitar pues la ociosidad el “no hacer nada”, pero advierte el padre José del Refugio, “también se pierde (el tiempo) por medio de ocupaciones y trabajos inconducentes, pero no emplearlo bien”. “El buen uso de tiempo no consiste en tener ocupados todos los instantes, sino en emplearlos bien y según la voluntad del Señor que lo concede.

Para el buen empleo del tiempo se precisa el buen orden que consiste en ceñirnos a los deberes de nuestro estado; y en segundo lugar, en atender como más privilegiadas aquellas cosas que tienen íntima relación con nuestra salud eterna.

Por no guardar en debido orden, no solo se pierde el tiempo, advertía el padre José del Refugio, sino además “entramos en la inquietud y tristeza”.

La alegría cristiana, añadía, as propia de las almas que viven con arreglo, que no hacen las cosas por genio, ni antojo. Y esa alegría, fundada en el buen orden trae aparejada la igualdad de carácter que en nada se altera.

Las congregantes que viven así su vida se sienten felices: Nunca les estorba el tiempo presente, porque le tienen destinado a preocupaciones arregladas; no cuidan el tiempo venidero, porque ya tienen señaladas las ocupaciones que en él deben practicar. Loa días, con la variedad de ocupaciones les parecen instantes…, practican los ejercicios de piedad con preferencia a todas las cosas; cumplen con los deberes que les impone la sociedad, pero sin estorbarse a sí mismas; no se niegan a las diversiones inocentes, ni al trato de las personas; en medio de las ocupaciones más serias y complicadas, guardan el equilibrio de una vida mixta, sin faltar a los buenos oficios que exige la sociedad; todo lo miran con relación a su eterna salud.

Un medio eficaz para aprovechar siempre bien el tiempo lo tienen las Hijas del Corazón de María en la observancia cumplida de su reglamento, gracias al cual les será posible ordenar debidamente sus ocupaciones y su vida eterna.

Para concluir su instrucción, en buen padre exclamaba:

¡Dios inmortal, Tú, Señor, que, en todos los momentos de la eternidad, eres felicímo; Tú que no necesitas de mí para tu gloria, quisiste por tu misericordia, darme por herencia el tiempo, a cuyos momentos estaban vinculados tantos auxilios, tantas gracias y méritos que hoy deploro sepultados en los vacíos de la nada. A esos auxilios y gracias y méritos estaban señalados otros tantos grados de gloria que, seguramente no gozaré, viéndolos, con amargo dolor, marchitados como delicadas rosas a mis pies… No me siento embestido de apetitos feroces, ni de venenosas serpientes que con su veneno me den la muerte; pero mis escrúpulos, las mil ideas en que voluntariamente me enredo, los pueriles deseos de alcanzar éste o aquél estado, pueden hacerme estéril de buenas obras, pueden hacerme perder el tiempo, y también puede ser que, al terminar este corto tiempo…, mis propios ojos vean a los ángeles que desbaratan la corona que había de ceñir mis sienes. ¡No ángeles bellos, no, ángeles santos, vosotros estáis sumergidos en todos los momentos de la eternidad en el amor de Dios, vosotros que no cesaréis ni por un momento de bendecirlo y glorificarlo, vosotros que me estimuláis a lo mismo, aunque estemos sumergidos en el sueño del pecado, de la tibieza, alcanzadnos la gracia de saber emplear y estimar ese don precioso del tiempo que, tejido de virtudes, gracias y méritos, sea como el premio de esa feliz eternidad, en la que cantaremos las misericordias de Dios y bendeciremos el día en que nos agregamos al Instituto de las Hijas del Corazón de María, en cuyo maternal seno depositamos desde hoy, nuestros años, nuestros días y toda nuestra vida, para que siendo Ella la depositaria de este don de Dios, sea Él mismo nuestra recompensa. Así sea.

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